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Buen camino, buena gente

Hacer el Camino de Santiago es una sensación muy distinta de las que solemos experimentar; no solo es un esfuerzo físico, sino también psicológico, una meta que alcanzar muy diferente a los objetivos que tenemos en el día a día. Por ello, es una experiencia que todas las personas que puedan deberían realizar al menos una vez en la vida.

Llevar a cabo esta experiencia con el programa Tiempo Joven de Fundación Tomillo tiene aún más atractivo porque significa tener la oportunidad de experimentarlo sabiendo que no estarás solo, sino acompañado de personas que conoces y con las que pasas gran parte del tiempo, con tu familia, al fin y al cabo. Además, no hacerlo solo te da la certeza de que pase lo que pase vas a conseguirlo, porque de una manera o de otra siempre vas a tener a gente detrás de ti que te anime y que te ayude en los momentos difíciles.

En esta experiencia se adquiere una percepción distinta de la gente con la que lo haces. Pasar la mayor parte del día con otros, tanto caminando como en los albergues, te hace conocerles mejor y conocer nuevos aspectos sobre ellos. También pueden aparecer nuevas amistades con las personas que hasta entonces no habías tenido relación. Todas estas personas hacen que tu camino no sea solo un camino, sino una suma de momentos, historias, memorias, sentimientos…que hacen que no sea solo la satisfacción de llegar a Santiago, sino de todo lo que haces para llegar allí.

El camino es una experiencia que puede ser enfocada desde muchos puntos de vista: el reto, la superación personal, el reencuentro con uno mismo, lo espiritual, el compartir con amigos y seres queridos, lo lúdico, la aventura, el conocimiento de otros… Pero lo que está claro es que es una manera de contactar con lo que tú decides, completamente distinta de lo habitual, pues nadie te regala nada, y lo que consigues es fruto del esfuerzo personal. No es cómodo, pero como dice Vicens Olivé “la libertad se encuentra más allá del área de seguridad” y en el camino, y por encima de todo, uno se puede sentir muy libre. Todo lo que te rodea genera una atmósfera de convivencia, de disfrute de la naturaleza, apreciando el viento, los sonidos o un trago de agua fresca como si fuera un extraordinario regalo del universo.

Como hemos mencionado, el camino está fuera de tu habitual zona de confort, pero ahí encontramos la chispa: es una pequeña historia, llena de subidas y bajadas, dificultades y alegrías en la que te superas cada día tanto física como mentalmente. Cuanto más camino recorres, más cansado estás y menos sientes tus piernas, pero más realizado e impaciente te sientes por estar a un paso menos de tu objetivo. Llegas a un albergue, destrozado, casi arrastrándote por el suelo, rogando por una cama, hasta que de verdad te planteas que has llegado, que queda una etapa menos, entonces se te pasan todos los males y en cuestión de segundos ya estás bailando con tus amigos. Eso es la vida, caer y levantarse, seguir a través de todos los impedimentos que se te ponen por delante, avanzar, conseguir con lo que sueñas.

Hemos vivido la sensación extraordinaria de estar entrando en Santiago sin fuerzas, andando a pasitos por el dolor, y ante la vista a lo lejos de las torres de la catedral, levantar la cabeza y ver cómo todos hacíamos lo mismo, y con dignidad y orgullo acelerar el paso, como si una magia te recorriera el cuerpo y te diera fuerzas sacadas de no se sabe dónde para avanzar, como si tuviera el poder de anestesiar el cansancio y los dolores, y convertirlos en energía. Ese sábado entrando en Santiago me mostró que las personas, alumbradas por ideales y sueños, no tienen límites. Y lloramos al ser testigo de ello, de alegría y de gratitud. Hoy siento un gran orgullo al poder decir que soy peregrino del Camino de Santiago.

Naomi Ortega Mesa y Sergio Hernández Abellán