40 años acompañando a jóvenes para potenciar su crecimiento y empleabilidad

Día del docente: «De Profesor a Educador y Maestro»

Por Ángel Serrano. Fundación Tomillo

Con motivo del Día del Docente, Ángel Serrano, quien acaba de finalizar su etapa como Director General de Tomillo fruto de su jubilación tras más de 40 años dedicados a la educación, nos deja esta bonita reflexión sobre el papel del profesorado con los y las jóvenes de entornos vulnerables.

«De Profesor a Educador y  Maestro: Quizás estas tres palabras puedan explicar una experiencia de más de 40 años en educación, también los lugares donde he estado, las personas que he conocido, los contextos donde he desarrollado mi vida profesional y especialmente los jóvenes de los que tanto he aprendido y tanto me han enseñado.

Inicié esta profesión sin mucha vocación y de manera casual, poniendo énfasis en ser un buen profesional, conocedor y experto en los contenidos cumpliendo con los requisitos que me proponía un currículum que decidía qué enseñar y cuándo, incluso cómo evaluar y dónde estaban los límites de todo esto… Límites, en principio, poco flexibles y, por supuesto, iguales para todos los jóvenes que tenía en clases muy numerosas y diversas donde, a veces ante la pregunta de si soy capaz de adaptarme a cada uno, me respondía aquello de “hago lo que puedo” o bien intentar en ocasiones dar respuesta a esta otra pregunta: ¿A quién doy clase hoy?.

Es posible que esta cuestión se la siga formulando hoy gran parte del profesorado al entrar cada día en el aula. Ante una diversidad y heterogeneidad de saberes, competencias, contextos socioeconómicos, culturales o de procedencia, el docente tiene que responder cada día a esta cuestión: ¿Me dedico más a los que van más atrasados o a los que no han venido en los últimos días? ¿Atiendo especialmente a los que se sientan delante del aula, que me piden constantemente atención y valoración positiva de lo trabajado, o atiendo a los de la última fila que me preguntan cuestiones de hace días o semanas? Y si ocurre un incidente en clase ¿Paro? ¿Sigo? ¿Saco al estudiante fuera del aula? Y mientras… ¿Qué pasa con el resto? Todas las personas que tengo en clase son importantes, pero ¿cómo actuar?, ¿dónde pongo mi prioridad?, ¿qué hago?, ¿cómo puedo aprender a gestionar el aula de una manera eficaz?

Ante esta pregunta, todavía recuerdo aquello de “cada maestrillo tiene su librillo” o no te preocupes, tú piensa y ten presente que “el profesor es el que tiene siempre la sartén por el mango”. Expresiones difíciles de explicar hoy cuando hablamos de la necesidad de aprender a trabajar en equipo, de poner siempre en el centro a los jóvenes, de la importancia del proceso de acompañamiento o del liderazgo transformacional del educador.

Por otra parte, parece que mucho personal docente vive su primer año en la enseñanza como una experiencia problemática, muy estresante y repleta de soledad, desarrollando su propia identidad profesional –¿Cómo soy yo como profesor o profesora?- y, al mismo tiempo, aprendiendo a utilizar los múltiples recursos necesarios para enfrentar con éxito las situaciones del complicado día a día, con poca ayuda o espacios que permitan compartir con iguales. Es necesario ir más allá del lamento en el pasillo o en la sala de profesores.

Estoy convencido de que el factor que más incide en el aprendizaje del alumnado es la calidad del docente; jugamos un papel muy importante en su motivación y en la mejora de su autoestima. Seguro que aún recordamos al profesor o profesora que nos hizo sentir capaces de todo, que podíamos aspirar a cualquier cosa. También a quienes nos repetían, ante la falta de entrega de tareas o de atención en clase, que no valíamos para nada, “ni para vender mecheros”.

Con el tiempo, mi mirada fue cambiando. Saber escuchar y dirigirme a mis alumnos y alumnas por su nombre y apellidos; conocer sus puntos fuertes, construir desde lo que saben hacer; pasar de dar clase a hacer clase; aprender constantemente de ellos y ellas… En definitiva, transmitir lo que eres y cómo eres con grandes dosis de paciencia, asertividad y motivación para centrar la tarea en llenar sus mochilas de grandes ganas por aprender es vital, porque la educación es mucho más que sacar buenas notas. El camino es largo, y la práctica, necesaria y constante, pero el objetivo es uno solo: Abrir cada día la puerta del aula, ver que están todos y que, con una sonrisa en la cara, te dicen:  “¿Qué vamos a hacer hoy, profe?”

Cada docente se juega a diario, al inicio de cada clase, la atención o no de su alumnado. Tenemos pocos segundos para entusiasmar y atraer su atención, algo en muchas ocasiones difícil y complicado, sobre todo si hay un solo docente en el aula.

Hemos estado pensando e invirtiendo muchos años en lo que creíamos que era el gran desafío de cambio e innovación en educación y pensando que dónde teníamos que poner fundamentalmente el foco era en el uso de las nuevas metodologías, de las tecnologías, la transformación de los espacios… Pero el mayor desafío al que nos enfrentamos hoy, también en educación, está en la necesidad de un verdadero cambio de mirada, entender, en este caso, que menores y jóvenes son únicos, genuinos, excepcionales y merecen las mismas oportunidades. Por ello la importancia de entender su contexto, todo lo que le rodea, para empezar a construir y diseñar su camino.

Estamos viviendo un momento que está cambiando nuestra forma de concebir el mundo, un momento de alto impacto emocional que nos tiene sometidos a un gran estrés e incertidumbre. Son tiempos de ansiedad y miedos para muchos jóvenes y sus familias, un periodo que nos exige una mirada más amplia y limpia, mostrar seguridad, firmeza, paciencia, serenidad y consciencia ante la situación; competencia en nuestro saber hacer, compromiso con ellos y ellas, creatividad y compasión en la acción, lo que nos obliga a saber priorizar y renunciar, resistir y no darnos por vencidos, pero, sobre todo, a trabajar juntos y en red.

De esto se trata, que cada docente tenga la oportunidad de ver, tocar y elevar la vocación a un nivel superior: la pasión, el  amor intenso por los jóvenes, por todos ellos y ellas, ese estar dispuestos  a compartir los momentos de volar o de levantarse, siendo capaces de generar vínculos que permitan estar en esos momentos esenciales de su vida y crear huellas y caminos para siempre».

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